Cuando los iniciados amantes del arte escuchamos ‘Joaquín Sorolla’ imaginamos pinturas que inmortalizan el divertimento de los bañistas del siglo XIX al XX, con su juego de luces y colores mediterráneos que ilumina las figuras en el exterior. Figuras que importan en cuanto a su cuerpo y movimiento y no en cuanto a su rostro, que aparece de perfil, de espaldas o cubierto por un sombrero. Sin embargo, lo que no imaginamos es esa otra faceta del pintor como retratista, de vocación o encargo, donde captura los rostros de su familia y de la sociedad de la época ya no exclusivamente con su luminosidad característica, sino en la que se moverá entre interiores y colores menos brillantes, en tonalidades de negro y marrón, en donde la luz emana del interior de la persona retratada y ya no del paisaje en el que se encuentra, pero sin abandonar su ágil y dinámica pincelada. Así, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y el Museo Sorolla han querido poner en común estos dos intereses de Joaquín Sorolla bajo lo que comparten en su trazo: la moda. Y lo hacen con una extensa colección de sus pinturas que cobran vida en los vestidos y complementos que las acompañan. Ya sea el retrato de Clotilde con traje de noche, 1911 o el de Clotilde bajo el toldo, 1906, vemos a un Sorolla que utiliza el lienzo a manera de escaparate que impresiona cómo vestía la mujer del cambio de siglo, dentro de casa o expuesta en las playas, campos o cafés. Incluso cuando los rostros son difíciles de identificar, la vestimenta sigue siendo la protagonista de esta historia que viaja desde el núcleo familiar del pintor hasta las élites en la ópera. Preparados para vestir los trajes y con el 8-M tras las puertas, comenzamos a andar entre habitación y habitación de los dos museos para descubrir por qué Sorolla hizo hincapié en recoger una imagen de la mujer de la época en su día a día, que, a primera vista, podría parecer injusta por su relación directa a la moda, como si cuya única utilidad fuera ser maniquí para ser contemplada.

La exposición en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza está conformada por el Sorolla íntimo, el retrato de sociedad, el veraneo elegante y París y la vida moderna, completada por la del Museo Sorolla, en la que caminamos dentro de Una casa a la moda, es decir, del espacio en el que pintaba a Clotilde y a sus hijas. Siendo nosotros parte de lo que pudo estar en sus lienzos, en el Museo Sorolla conoceremos a Una familia elegante y a un Fortuny escondido, del que podremos ver más diseños en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Pues bien, la exposición en su totalidad reúne así los trajes diseñados para las mujeres durante en lo que París llamaríamos la Belle Époque, estudiados en su detalle por Joaquín Sorolla, como podemos ver gracias a que la exposición también nos permite leer las cartas del pintor a su mujer, en las cuales le describía o hasta dibujaba algún accesorio o textil peculiar y novedoso de la moda parisina que le había impactado, narrándole cómo era usado y que seguro a ella también le gustaría llevarlo, comprándoselo si podía. Al fin y al cabo, París seguía siendo la capital de la modernidad, por lo que sería esta la que llevaría las nuevas costumbres sociales de la época a más países de Europa con la apertura de los boulevards, de los cafés y cabarets, la imagen del flâneur y las galerías de arte. Pero claro, esto no habría sido posible sin la revolución industrial que invitó a confiar en lo nuevo, en la ciencia, que nos regaló el ferrocarril para que pudiésemos movilizarnos más libremente por las ciudades. Por ello, al situar la exposición al vestido de la mujer en este contexto de cambio (1890-1920), nos sugiere preguntas como quiénes eran los diseñadores que, como nos cuenta el comisario de la exposición, Eloy Martínez de la Pera, reemplazan los corsés por esos vestidos de líneas sueltas que observamos en las pinturas de Sorolla, o si es una de las primeras veces que la mujer adquiere protagonismo en pinturas que la muestran en su día a día, aunque sea a través del vestido, mas no en su cotidianeidad de ama de casa, de madre o de esposa, sino en una de ella sola o con amigas disfrutando de la playa, de la ópera o del simple hecho de al fin posar con un vestido en el que ya no se siente apretada porque, por más de que lo que ella usa sigue siendo diseñado por otros, ahora sus vestidos son hechos pensados para ellas, en su comodidad, pero sin dejar de lado ese aspecto estético femenino que la caracteriza: sus líneas. Líneas a las que finalmente se les otorga mayor libertad al dejar que se curven cuando ellas quieran y no porque el corsé les obliga. Líneas que son precisamente recogidas por la pincelada de Sorolla. En definitiva, una exposición de un pintor masculino pero no cualquiera, sino Sorolla, un hombre que vivió de cerca la evolución de la mujer y que, por eso, quiso plasmar en su obra el paso de la mujer en lo cotidiano a la mujer en la espontaneidad de lo cotidiano. De esta forma, los dos museos que recogen la exposición temporal de Sorolla y la moda no sirven a la imagen de mujer maniquí, sino como un manifiesto del pintor de que la nueva mujer del siglo XX poco a poco, finalmente, va ganando el espacio en la sociedad que siempre se ha merecido, con unos vestidos que exaltan la belleza y elegancia, la funcionalidad y el divertimento femeninos. Una mujer que no está en las pinturas de Sorolla simplemente para ser contemplada, sino que está contando la historia de muchas de nosotras, sea del entorno del pintor o de la alta sociedad, entre lentejuelas, encajes, cuellos altos y escotes, nácar, sombrillas y abanicos, seda y organdí, y, a su vez, la historia de los padres de la moda actual, quienes, sin exagerar, hicieron posible los diseños que tenemos hoy en Primark. Y el trazo de una historia que llega a nosotros gracias a la sensibilidad artística de Joaquín Sorolla, quien se fijó que es en los vestidos de lo cotidiano que la mujer ha ido dejando su sello. El cambio de siglo desde esta perspectiva ya no pasa imperceptible antes nuestros ojos gracias a esta fresca mirada que nos expone el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de la mano del Museo Sorolla.

Lección de Arte llega al Museo Thyssen Bornemisza como cierre del programa de actividades que celebra su 25 aniversario. 

La muestra ha sido comisariada por EducaThyssen, un departamento de la institución que se encarga de explorar las posibilidades educativas del museo y que mediante su programa de actividades trata de generar nuevas inquietudes y conocimientos en los visitantes.EducaThissen

La propuesta se configura como una exposición viva que reinterpreta la manera en la que el público interacciona con las obras. Lo hace colocando al espectador en el centro de la exposición y dándole la posibilidad de vivir el museo de una manera diferente. Explora el significado de estos espacios culturales desde el punto de vista del visitante y lo lleva a formar parte activa de él con un completo programa educativo que le permitirá convertirse en agente activo y formar parte de este proceso de transformación.

La propuesta se divide en tres fases: ‘Cuestionar’, ‘Reformular y ‘Transformar’. Las dos primeras se plantean en las salas Moneo, en la planta -1 del museo, que albergarán obras de Cinthia Marcelle, Rineke Djikstra, Alicia Martín, Luis Camnitzer o Antoni Muntadas, entre otros artistas contemporáneos, en las que se cuestiona dónde reside el conocimiento, se habla del museo como experiencia personal y se busca la transformación del papel del espectador y su lugar dentro del mismo. La tercera parte extenderá la exposición hacia otros espacios, como las salas de la colección permanente, con una serie de instalaciones de artistas como Kota Ezawa, Herz Frank, Mateo Maté o Rafael Lozano Hemmer, estableciendo diálogos entre pasado y presente que refuerzan conceptos que contienen las obras del museo y que buscan transformar la experiencia del espectador, colocándolo en situaciones distintas a las habituales.Olafur Eliasson

También el catálogo de la muestra presenta características particulares. El libro, que se puede adquirir en la tienda del museo, hace el ejercicio de replantearse su propia existencia y se presenta no como una obra que guardar como recuerdo de la visita, sino como la continuación de la experiencia vivida durante la exposición. De hecho, el catálogo invita a que quien lo lea a que subraye, escriba, interprete y aporte su visión, dejando a la vista numerosos espacios en blanco.

La exposición se mantendrá hasta el próximo 28 de enero y se presenta como una gran oportunidad para tender puentes entre la producción cultural más contemporánea y el museo, entre sus obras y la labor de los educadores, aportando una reflexión sobre estos espacios y la percepción de los visitantes.

Con motivo de su 25 aniversario, el Museo Thyssen presenta una exposición que muestra el diálogo entre Picasso y Toulusse Lautrec, dos genios del arte.

TOULUSE LAUTREC 2A pesar de no coincidir nunca en vida, ya que Lautrec fallecía a los 36 años poco después de que un joven Picasso de 19 años llegara a París en 1900, que sus propios amigos bromeaban diciéndole ‘Encore trop Lautrec!’ (‘¡Aún demasiado Lautrec!’) cuando miraban sus cuadros. Y es que a Picasso no sólo lePINTURA PICASSO 1 fascinaron los elementos mórbidos y decadentes de la temática de las obras de Lautrec, sino también su atrevido lenguaje, su enorme poder de observación y su propensión a la síntesis y a la caricatura. Los dos fueron genios artísticos desde la infancia, los dos se sintieron atraídos por Paris en su juventud y ambos rechazaron la enseñanza académica que les impusieron. Pero sobre todo, el dominio del dibujo sería una de las claves que daría sentido, quizás su modo de mirar es lo que más les vincula: Lautrec, pintor de la vida moderna, proyecta sobre el mundo una mirada indirecta, de sombras, siluetas, y alusiones, con perspectivas distorsionadas y antinaturales; Picasso por su parte, fue más allá al someter las formas a un proceso de reducción y metamorfosis.

En la muestra Picasso/Lautrec de la que son comisarios Paloma Alarcó y Francisco Calvo Serraller, encontramos 113 obras divididas en cinco apartados temáticos: Bohemios, Bajos Fondos, Vagabundo, Ellas y Eros recóndito. Encontrando grandes obras como En un reservado o Divan Japonais de Toulouse Lautrec, o Las señoritas d’Avignon de Pablo Picasso.

El Museo Thyssen-Bornemisza acoge una gran colección de joyas de la prestigiosa firma italiana Bulgari de forma temporal, en una exposición bajo el nombre de “Bulgari y Roma”.

Desde la fundación de la marca por Sotirios Voulgaris en 1884, la Ciudad Eterna ha servido de inspiración a este y a los posteriores diseñadores de la firma, para dar forma a sus artículos y obras, recreando las principales maravillas artísticas de Roma en las más exclusivas e innovadoras joyas. Bajo el leiv motiv de los monumentos de la capital italiana, podemos encontrar artículos que evocan el Coliseo, el Panteón, o la Plaza de España entre muchos otros.

A través de las joyas cedidas para esta exposición se puede ver también la evolución artística de dicha ciudad desde los tiempos de la Roma Clásica hasta el Barroco de Bernini, pasando por el enormemente prolífico periodo renacentista. Asimismo también resulta interesante comprobar los cambios vividos en la propia marca desde el momento de su fundación, pues a pesar de haber puesto su mirada en el pasado, esta no ha permanecido ajena a los cambios políticos y sociales que ha vivido Italia desde entonces.

Una búsqueda de reafirmación de la increíblemente prolífica Ciudad Eterna unida a la exaltación de la belleza de su arte plasmada en artículos de lujo que reflejan lo que Roma ha sido, y que proyectan su destello en la actualidad.

Hasta el 19 de junio el Museo Thyssen-Bornemisza presenta la primera retrospectiva  en Europa sobre Andrew y Jamie Wyeth. La exposición, comisariada por Timothy Standring, conservador de pintura y escultura de la Gates Foundation del Denver Art Museum, nos brinda la oportunidad de conocer la vida y la obra de dos representantes del realismo americano del siglo XX.

Toda una vida manteniendo su arte próximo a las personas, los objetos y los lugares que giraban en torno a su mundo. Esa fue la clave de estos dos artistas, padre e hijo, que se refugiaron en los retratos y en las escenas cotidianas para manifestar su soledad. Los Wyeth consideraban que para pintar perfectamente algo o a alguien era necesario conocerlo a fondo. Por esta razón, sus modelos fueron, en su mayoría, familiares, amigos y vecinos.

Los Wyeth inmortalizaron los paisajes de Pensilvania y las localidades costeras de Maine con un significado íntimo para ellos. A lo largo del recorrido se pueden comprobar los rasgos individuales característicos de cada uno. Mientras que a Andrew le fascinaban los temas ordinarios, y por eso a veces relegados,  a  Jamie le obsesionaba encontrar el lado extraño de las cosas que las convertía en peculiares.

A pesar de ser prácticamente desconocidos en España, “ambos encarnan la americanidad en el arte”, como declaró Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen. La exposición está planteada siguiendo la temática de sus obras: los retratos, los lugares compartidos, los animales domésticos y una serie de desnudos. Las características propias de las composiciones parecen obedecer a la necesidad de resaltar la fisonomía y las poses para lograr un cariz intimista. En definitiva, el realismo americano de los Wyeth insiste en la búsqueda de momentos fugaces que evocan reiteradamente la inmortalidad del arte.

El espíritu legendario del género western enlazó enseguida con la historia nacional de los Estados Unidos.  Sin embargo, esta visión patriótica hallada en los films de indios y vaqueros tuvo un poco antes su versión pictórica. El Museo Thyssen-Bornemisza acoge, desde el 3 de noviembre hasta el 7 de febrero del 2016, la exposición “La ilusión del Lejano Oeste”. Se trata de una muestra sobre el legado de una serie de artistas de finales del siglo XIX  que se involucraron en un viaje fascinante para conocer y mostrar  los paisajes y la vida de los indios americanos. Esta exposición atípica llevará al visitante por un recorrido etnográfico único, que llenó el género western de determinados mitos visuales.

El enfoque épico del cine western, marcado por la literatura y la pintura, nos presentaba a unos personajes estereotipados llenos de simbolismo. De esta manera, las películas western habitualmente mostraban a los indios como amenaza. En esta exposición, que es un reflejo de la base icónica del cine, los artistas crearon un escenario visual distinto donde los indios americanos aparecen como parte del paisaje y se resisten a la amenaza destructiva del hombre blanco.

Un caso atrayente fue el de Frederic Remington, que configuró una expresión alternativa protagonizada por su atracción por la luz y por los caballos. Su obra Señal de fuego apache está dedicada a la tribu y representa una imagen nocturna de un indio solitario a caballo, cuya única fuente de luz proviene del fuego. A pesar de que su mirada es realista, absorbió influencias del Impresionismo.

La muestra del Thyssen alberga, además, una asombrosa colección de fotografía de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos en Washington. Se debe tener en cuenta que los fotógrafos ejercieron una gran influencia en la imagen que los estadounidense se forjaron del Oeste. El máximo representante de la fotografía etnográfica de los indios americanos fue Edward S. Curtis. Gracias a un magnate del ferrocarril, Curtis tuvo la posibilidad de acudir a una expedición científica por Alaska y posteriormente a Montana. Tras estos viajes, se originó su enorme interés por las tribus indias. Curiosamente, acabó trabajando en películas como Los diez mandamientos y Buffalo Bill. Otra aportación ha sido la recibida por la Filmoteca Española, cuyos carteles cinematográficos resultan muy atrayentes para cualquier admirador de las películas del Western.

El conjunto de obras de esta exposición posee un valor testimonial excepcional donde se observa que los artistas fueron conscientes de la importancia histórica y humana de su experiencia. Su audacia reside en la creación de unas señas de identidad y, fundamentalmente, en haber logrado que las culturas nativas norteamericanas se conviertan en un recuerdo perdurable en nuestra memoria.